Hay una confusión muy extendida en el mundo empresarial que me encuentro constantemente en cada conferencia: muchas empresas creen que reciclar es ser circular. Y no es lo mismo.
Reciclar es el último paso de un proceso que ya falló. Es recuperar algo después de haberlo usado mal. La economía circular, en cambio, empieza mucho antes: en cómo se diseña un producto, en cómo se elige un proveedor, en cómo se estructura un proceso productivo para que no genere residuos en primer lugar.
La diferencia no es semántica. Tiene consecuencias directas en los costes, en la competitividad y en la capacidad de una empresa para adaptarse a una regulación europea que ya está redefiniendo las reglas del mercado.
Cuando acompaño a empresas en su proceso de transformación circular, lo primero que hacemos es revisar cuántos recursos están saliendo por la puerta sin que nadie los haya aprovechado. Energía que se pierde. Materiales que se descartan. Procesos que generan más de lo que usan. En la mayoría de los casos, el potencial está ahí, dentro de la empresa, y nadie lo está mirando.
Mi abuelo lo entendió sin haber estudiado economía circular. Construyó un negocio donde nada se desperdiciaba, incluyendo las galletas rotas, que vendía en bolsitas de papel y la gente terminó pidiendo más que las perfectas. Era circular sin saber que existía ese concepto.
Ochenta años después, el reto para las empresas es el mismo, con una diferencia: hoy el mercado no perdona a quienes no se transforman, y la ventana para hacerlo bien se está cerrando.
Si tu empresa está en el punto donde recicla pero todavía no es circular, el siguiente paso no es complicado. Es saber por dónde empezar.
¿Quieres que llevemos esta conversación a tu organización?

